Informes
Oratorios De La Esperanza
El día 15 de agosto un terremoto sacudió el sur del país. Muchos creyeron que la situación no había pasado de un susto, sin embargo, el sur habría sufrido los estragos de la naturaleza.
No pasaron las horas y al amanecer del día 16 de agosto, fiesta de nuestro padre “San Juan Bosco”, mientras todavía salíamos del susto, las imágenes que nos trasmitían herían nuestra retina y nuestra sensibilidad. Eran nuestros hermanos del sur que habían sufrido lo peor: un desastre.
La fiesta de nuestro Padre Don bosco fue casi normal. Recorrió las calles de Breña. Mientras esto sucedía en Lima y en otras provincias del Perú, nuestros hermanos del sur sufrían el devastador terremoto, nunca antes vivido.
Las provincias de Chincha, Pisco e Ica, fueran las zonas más arrasadas. Pero no eran las únicas. El sur andino también había sufrido problemas muy graves.
Nuestra mente y nuestro corazón se volcaron para rezar y ayudar. El mundo entero comenzó a ayudar.
Mientras esto sucedía, las Iglesias lloraban a sus muertos. Duraron casi una semana para recoger de entre los escombros a los fallecidos.
En estas circunstancias, los salesianos del Perú no dudaron en brindar una ayuda en alimentos, en ropa, en medicamentos. Pero quedaba un sinsabor. ¿Podíamos quedarnos quietos mientras nuestros hermanos vivían momentos difíciles? ¿Nos sentiríamos bien sabiendo que sufren nuestros niños y niñas, nuestros jóvenes? ¿Nos hubiésemos quedado tranquilos sabiendo que nuestros hermanos cooperadores sufren las consecuencias del terremoto? La respuesta fue rotunda. ¡No podemos quedarnos con los brazos cruzados!. Partimos a Chincha, a Ica, a Pisco. La destrucción era una realidad. La gente nos pedía agua, nos pedía ropa, nos pedía alimentos. Nos sentíamos impotentes sin darles una botella de agua, pues lo poco que habíamos llevado lo habíamos dejado en el primer pueblo. Al llegar a Ica, nos embargaba una suerte de rabia, de impotencia. Los muertos todavía estaban entre los escombros. La iglesia principal de Chincha, removía los bloques de tierra y cada diez minutos, un rescatista gritaba: “chompa amarilla, pantalón azul, es un niño” Repetía una y otra vez, hasta que aparecía un pariente. Seguramente no era su madre, no era su hermano, quizá ni su padre, pues en muchos casos, habían muertos familias enteras. Los cuerpos destrozados y aplastados. Recorrí el parque de Chincha. La gente lloraba. El olor a muerto fue nuestro compañero durante las pocas horas que nos quedamos en el lugar. “¿Por qué Señor?” Repetía una persona viendo el cadáver de alguno de sus parientes. No había respuesta.
Regresamos convencidos de hacer algo por nuestros hermanos del sur. No paramos hasta soñar con un oratorio. ¿Cómo llamarlo?: “Oratorios de la esperanza”. Así, esta experiencia nos acompaña semana a semana. Muchos niños, adolescentes nos esperan cada semana. No llevamos ropa, ni siquiera alimentos, ni regalos, ni grandes cosas. Les llevamos nuestra vida, nuestras ganas de acompañarlos en el sufrimiento.
Así, en la fiesta de nuestro Padre San Juan Bosco, él nos enseñó que es más poderos el amor, la entrega por el necesitado, por el pobre. Son treinta jóvenes con quienes participamos semanalmente y entregamos nuestro poco tiempo, y nuestras ganas de caminar con ellos.
Semana a semana nos esperan cientos de niños, niñas, adolescentes y jóvenes en Chincha Baja y en Tambo de Mora.
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Experiencias Que Cambian La Vida
No hay duda que algunas experiencias fuertes cambian nuestras vidas y nuestros puntos de vista.
Los voluntarios que participan de esta experiencia se sienten comprometidos y trabajan con la fuerza que viene de Dios. Muchos de ellos, como dice Junnior “es realmente hermoso ver en el rostro de cada niño(a) o joven una gran sonrisa, con cada juego, dinámica, broma o cada cosa que hacíamos por y para ellos. Somos herramientas de amor y salesianos de corazón que compartimos y contagiamos de alegría a los demás”.
La gente que nos vio llegar pensaba que éramos visitantes. “No habíamos almorzados – comenta un voluntario – y ya comenzaron a llegar los niñas y las niñas. Sin darnos cuenta era más de un centenar de oratorianos que estaban a nuestro alrededor”. No habíamos llegado de visitantes sino de caminante con nuestros amigos del sur.
Al principio nos embargó “un temor casi normal – escribe Marilin Hinostroza - pero mientras pasaban las horas y compartíamos con los niños lo poco que le podíamos brindar me invadió la chispa salesiana si se puede decir así y de ahí para adelante fue otra historia”
Es verdad, servir nos cansa, nos agota, pero nos hace inmensamente felices. Marilin Hinostroza comenta su experiencia: “Creemos ser felices pero hasta hace poco yo no había sentido este sentimiento que tengo ahora, era dizque feliz por algo bueno que tenía, por algo nuevo que compraba o por que la pasaba bien pero…estaba equivocada pues ahora me embarga un sentimiento genial, una felicidad que parece que el corazón se me saldrá del pecho y saben por que digo esto pues yo vi y sentí algo maravilloso en Chincha, si bien es cierto no teníamos muchas cosas materiales para darles por falta de ayuda pero…a pesar de eso llevamos a los niños y adolescentes lo que teníamos y por montones claro esta, por que si había algo que nos sobraba era nuestra “alegría”, la esperanza y la palabra de nuestro Señor Jesús y las ganas de ayudar…solo los que hemos vivido esta experiencia podremos decir pues que ahora entendemos esa gran frase “hay mayor felicidad en dar que en recibir” « regresar al inicio |